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¿ Cómo funciona un satélite ?

Un insecto muy raro

Los satélites son nuestros ojos, nuestros oídos y nuestros sentidos para contemplar desde lo alto lo que no podemos hacer desde aquí. Por lo demás, parecen insectos bastante raros con muy buen rendimiento. 

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¡A toda velocidad, pero sin motor!

Para resistir a la atracción que ejercen los objetos grandes sobre ellos, un satélite, sea natural o artificial, debe ir muy deprisa: como mínimo a 1 km/segundo, es decir, a 3.600 km/hora. ¡Podría recorrer más de tres veces la distancia entre París y Berlín (1.100 kilómetros aproximadamente) en 60 minutos! Lo más sorprendente es que los satélites no necesitan ningún motor para hacer eso: sólo se dejan caer alrededor de su planeta indefinidamente. Aunque es preciso haberles dado una buena patada en el trasero para expulsarlos de la atmósfera terrestre y aportarles la velocidad de salida, que es el papel de las lanzaderas*... Pero una vez hecho esto, casi nada les frena ni les hace disminuir la velocidad ya que están en el vacío espacial.

Elementos de serie, equipamientos opcionales, como en un coche…

Todos los satélites están compuestos por dos partes principales. En primer lugar, una “plataforma*” que garantiza el buen funcionamiento del satélite, su posición, su orientación, su alimentación en cuanto a electricidad; después, una "carga útil*" que está compuesta de aquello para lo que se le necesita: herramientas de observación, de medición o de telecomunicación.

Un esqueleto a toda prueba

La estructura del satélite es ultra rígida y ligera, hecha de aleación de aluminio, de magnesio, de titanio, de berilio o de fibras de carbono o de kevlar.  Los “huesos” del satélite a menudo pesan solamente un 10% de su peso total (frente al 20% como media del hombre). Soportan los diferentes órganos del satélite, las cargas útiles*, los depósitos de ergoles*, las baterías, los paneles solares*, las antenas, etc. y deben poder resistir a las miles de particulas o restos que vagan por el espacio, así como a temperaturas que van de + 200 a – 150º Celsius.

Imperativo: fallos cero

Al contrario que con un coche, el satélite no se puede llevar al garaje. Y llevarlo a reparar, gracias a una lanzadera por ejemplo, ¡costaría mucho más caro que enviar uno nuevo! Por lo tanto, un satélite debe ser sumamente fiable. Es por eso que todos sus componentes más esenciales están “duplicados”, en caso de que los primeros se averíen.

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